martes, 23 de mayo de 2017

EL CORAZÓN DE CRISTO : SÍMBOLO Y MISTERIO. Álvaro Vera

EL CORAZÓN DE CRISTO : SÍMBOLO Y MISTERIO

 

El último viernes de junio será una fecha muy significativa para los cristianos, en especial para los que tenemos "experiencia interna" de Jesucristo a través del misterio de su Corazón: es la Solemnidad del Corazón de Jesús, el día del año litúrgico en que se le tributa la más solemne adoración y pública reparación. En ocasión tan especial, entregamos a nuestros lectores un artículo de nuestro colaborador el Economista. Álvaro Vera Gastañaduí, referente al tema desde una óptica antropológica y hermenéutica

 

RACIONALIDAD EMPOBRECEDORA

Nuestra cultura actual se halla en una encrucijada: el prodigioso avance de la ciencia y de la tecnología, unido al predominio abusivo de la economía con su racionalidad utilitarista y unidimensional, están posibilitando que el hombre alcance niveles de bienestar material y de calidad de vida como nunca antes los tuvo, pero, al mismo tiempo, le están impidiendo la realización de su vocación más alta: la trascendencia. La cultura de nuestra época, tamizada por la racionalidad económica, vive un drama: el hombre atrapado en la vorágine del consumo y del "tener", queda luego como extenuado e incapacitado para elevar su espíritu a toda trascendencia y unión con lo divino. Entonces, su ser que anhela secretamente esta felicidad superior, sufre intensamente porque, una vez más, la materia ha triunfado sobre el espíritu.

Tal vez, la mayor paradoja de nuestro tiempo sea la exuberante abundancia de medios y la ausencia de fines. El hombre moderno – algunos dirán post- moderno – se pierde en medio de una montaña de conocimientos, técnicas y medios instrumentales, y no acierta a encontrar el sentido de su vida, que es precisamente trascender a este mundo y sus efímeras satisfacciones.

No    creo exagerar al afirmar que ni la racionalidad positivista de la ciencia, ni la filosofía nihilista del post-modernismo que la cuestiona, lograrán sacar al hombre del atolladero cultural en que se encuentra y devolverle la esperanza y la alegría de vivir que ha perdido. Sólo el retorno a la Verdad podrá liberarlo de las banalidades y goces materiales de esta tierra, que tan pronto como lo satisfacen, así de rápido lo hastían y dejan aún más vacío. Y esta Verdad no es otra que Jesucristo, aquel que siendo Dios, se hizo hombre y murió en una cruz por amor al hombre, para enseñarnos que el sendero de la verdadera vida y auténtica felicidad pasa por la negación de uno mismo.

El problema reside en que el camino de la Fe, que es el que nos conduce a la Verdad, se ha visto como desdibujado en los tiempos modernos por la influencia de ese racionalismo chato e inmanente al mundo que señalábamos antes.  Por eso, resulta imprescindible complementar el discurso racional de la Fe con el lenguaje intuitivo y evocativo del símbolo, para acceder más plenamente al misterio de Jesucristo, y por medio de él, al misterio del hombre. El lenguaje simbólico y hermenéutico, tan presente y multiforme en la pedagogía del Cristianismo, es el único capaz de adentrarnos cabalmente en la comprensión de las verdades eternas, aquellas que no son inmediatamente comprobables por su misma naturaleza trascendente y escatológica.

"¿Y qué es la verdad?" preguntó Pilato a Jesús (Jn 18, 38). La Verdad fundante es el Amor. Este define la esencia misma del Absoluto y también del hombre. La criatura surge del Amor y alcanza su plena realización amando y siendo amada, una enseñanza que el Cristianismo viene proclamando hace veinte siglos. Si la deshumanización de la cultura actual nos dificulta aceptar de buen grado  esta sublime verdad, es momento de volver al símbolo que mejor la expresa: el Corazón de Cristo, síntesis de la religión.

 

EL MISTERIO DE CRISTO, REVELADO EN SU CORAZÓN

Acaso convenga desentrañar un poco el "misterio" que representa siempre el Corazón del Redentor. "Misterio" no es sólo lo incomprensible: es, más bien, algo que se conoce de algún modo, pero cuya profundidad y extensión nos desborda. Por eso, el misterio se conoce mejor a través del símbolo, que se puede definir como aquello que, aún no siendo la realidad misma que pretende descubrir, está relacionado con ella y sirve para expresarla, aunque no agote su significado.

¿Y el "corazón"? ¿Este no es simplemente un órgano vital del cuerpo humano? Según la Biblia, significa todo el interior del hombre y de sus sentimientos (2 Sam 15,13; Sal 21, 3 ; Is 65,14). Simboliza la fuente misma de la personalidad consciente, inteligente, libre; es el centro de las opciones libres del hombre, el lugar  íntimo de la presencia del Absoluto. De ahí que el gran teólogo jesuita Karl Rahner ha llamado al corazón una "palabra primordial" ( Urwort), que designa el centro unitario del autodominio espiritual de la persona.

            Lo que pudieron conocer los contemporáneos de Jesús, incluso los Apóstoles hasta Pentecostés, fue un conocimiento superficial, que no penetraba en el fondo de su Persona. Sólo la venida del Espíritu Santo  comenzó a desvelar el misterio. Ante esta insalvable dificultad humana, no es extraño que en la tradición de la Iglesia se haya buscado, primero, en el simbolismo bíblico de la llaga del costado y, luego, a través del corazón de carne, un símbolo riquísimo para contemplar el misterio inagotable del Dios- Hombre.

            Para penetrar, por así decirlo, en el misterio del Corazón de Cristo, debemos considerar atentamente que, detrás de todos los inmensos beneficios que ha concedido Jesucristo a la humanidad (la Redención, la Eucaristía, etc.), está su Amor , que bien podría decirse, vale más que el don; porque cuanto Él nos ha dado, es expresión de un amor que va mucho más lejos. Todavía debemos ir más allá, porque ese Amor nace de una Persona Divina, que es el secreto más profundo de Cristo. Se trata, pues, de un amor divino y humano al mismo tiempo. La última etapa de nuestra contemplación termina en la Trinidad: porque el Amor del Corazón de Jesús es el mismo Amor del Padre, en el Espíritu. Es el misterio del amor trinitario de Dios que se nos comunica a cada uno, por la acción propia del Espíritu Santo.

            La Devoción al Corazón de Jesús nos debe educar en la contemplación del "misterio" de Cristo, a través del símbolo. Así lo intuiremos mucho mejor y nos será más fácil asomarnos a su infinitud. Brotará entonces en nuestro  corazón deseos incontenibles de lo eterno y un valor insospechado para trascender a las opacas realidades de este mundo. Habremos descubierto el verdadero Amor, aquel que da sentido a nuestra existencia y a la del mundo.

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