viernes, 27 de junio de 2014

P. Jorge Cuadros Pastor, O.P. 92 años de edad ¡A POR LOS 100!

P. Jorge Cuadros Pastor, O.P. a sus 92 años de edad

Sentimientos, Vocación, Familia, Laicos y su Oración en este día.

Uno de los sacerdotes dominicos del Convento de Santo Domingo de Lima, con mayor trayectoria de este tiempo es sin duda el P. Jorge Cuadros Pastor,  quien sigue brindando su alegría, su acogida, su acompañamiento y todo su ministerio sacerdotal al servicio de la Iglesia. En conversación con Luzmila Palma Barreda se dirige desde Radio Santa Rosa a cuantos lo conocen.

Sus sentimientos: "La única  actitud es la de acción de gracias  a Dios que ha tenido la bondad y la paciencia de prolongar mi vida, que sería de mi sin esos 92 años, ya hubiese desaparecido del planeta, (Lo dice sonriendo),  también agradecer a la Orden que durante tantos años me tiene sustentando, guiando, alimentando y cuidando como a un niño, quisiera tener suficientes fuerzas y alegría para poder contentar de alguna manera tantos beneficios de Dios." Expresa P. Jorge.

Vocación sacerdotal: "Ahora viendo desde donde estoy, miro mi vocación, como algo muy pequeñito, no fue una vocación digamos madurada… yo entré como se acostumbraba en aquellos tiempos muchacho de 13 años, actualmente se pide que sea por lo menos 18 años, yo  ingresé con las ilusiones de un niño, de ver imágenes, de tantas cosas bonitas y estoy muy contento, con una actitud de alegría, de felicidad de ser miembro de una Orden tan gloriosa, que siempre ha acogido, que siempre ha ayudado." Continúa comentando el P. Jorge.

Su perseverancia: "Todo depende de las circunstancias de la vida, cuando era pequeño estaba rodeado de religiosidad, de moralidad y de temor de Dios por todas partes, o sea los cristianos estábamos asegurados,  ya sean los que iban  ha ser sacerdotes, ya sea los jóvenes o los mayores, siempre teníamos un apoyo en la Fe.... Ahora sería una temeridad, hoy los jóvenes para ingresar  tienen que tener 18 ó 20 años con  una vocación probada antes,  frente a  las dudas, como dijo Jesús les mando al mundo, donde van a tener contradicciones,  en un mundo actual, de peleas, de franquezas; por lo tanto hoy sería una imprudencia admitir a niños.  Hoy se admite gente mayor,  vocaciones firmes es lo que se necesita".

P. Jorge, también se dirigió a los sacerdotes jóvenes,  les pide lo mismo que el Papa Francisco, que pide alegría, les pide decisión, valentía, entusiasmo, lanzarse en medio del mundo,  no tener miedo de lanzarse al mundo, no contra ellos, sino para ellos.  Es el mensaje del Papa a los sacerdotes jóvenes reunidos en asamblea en Roma. Recordó el Padre Jorge.

A los laicos, les dice: "Tienen tantos derechos y obligaciones como los sacerdotes.  El Concilio Vaticano II en medio de los capítulos III De los Obispos y V De los Religiosos,  ubica el capítulo IV referido al De los Laicos, con esto quiso decir,  que los laicos tienen que estar en el medio, deben estar en primera fila, la Iglesia está compuesta por muchísimos laicos, que son los católicos que viven en el mundo y tienen la responsabilidad de convertir al mundo". Resaltó P. Jorge.

A las familias: "Las tragedias que trae el mundo de hoy se lanzan contra la familia y  la familia católica  es la esperanza de la Iglesia, es la esperanza del mundo, porque allí acuna a los niños y jóvenes.  Y hay tantos ataques contra la familia, de tal manera que le ponen, no solamente la facilidad para el divorcio, sino para la separación, yo creo que  la familia es la necesidad prioritaria para la Iglesia,  como iglesia doméstica, por lo tanto hay que preparar a la familia, para que sean medios de evangelización". Puntualizó P. Jorge Cuadros Pastor, O.P.

Finalmente su Oración en este día es:

Gracias Jesús, por tu paciencia

Gracias Jesús, por tu generosidad

Gracias María, por tu atención

Gracias Padre Domingo, por tu bondad

Gracias Dios mío,  por prolongar mi vida que es el modo de continuar sirviendo  a la Iglesia, esa felicidad que me distes.

 

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miércoles, 25 de junio de 2014

LOS REYES DE ESPAÑA INICIAN SUS ENCUENTROS RECIBIENDO A LOS REPRESENTANTES DE ENTIDADES SOLIDARIAS

Les comparto la carta que recibo de mi hermana adoratriz, Marilumi, en la que su directora Hermana Toñi López relata con sencillez y hondura el primer encuentro de los nuevos Reyes con representantes de organizaciones solidarias

 

Recepción  de los reyes a representantes de entidades de solidaridad en el Palacio Real de El Pardo.

Madrid 24 de Junio de 2014

Muy queridas hermanas y laicas /os de la Familia Adoratriz:

Como sabéis esta mañana he asistido en representación de Adoratrices a la recepción que los nuevos Reyes han ofrecido a representantes de Entidades de Solidaridad Social en el Palacio Real de  El Pardo. Si habéis podido ver en televisión o internet, el grupo era muy numeroso, nos han dicho que alrededor de 380 personas, más un gran número de periodistas. Tras pasar los controles oportunos, a las 11:30 ha comenzado el acto. 

En primer lugar,  los Reyes nos esperaban en un patio del Palacio y nos han saludado personalmente a cada uno de los representantes , a continuación  hemos pasado al  Patio  de los Borbones , donde el rey  Felipe , junto a la reina nos ha dirigido  unas palabras  de saludo y agradecimiento por la gran labor de solidaridad  realizada por cada una de las entidades  

 

Ha iniciado   resaltando  su interés y el de la Reina en que "uno de nuestros primeros actos como Reyes sea este encuentro de hoy, con una representación amplia, aunque sé que necesariamente incompleta, de personas ─de organismos públicos, ONG, Asociaciones─ que, en todos los campos, os dedicáis con esfuerzo y generosidad a ayudar a los más débiles y vulnerables, a los que más lo necesitan. Sois aquí la foto de la solidaridad en España, la imagen de miles de personas que en nuestro país trabajan en atención o servicios sociales y cooperación".

Quiero destacar  el impacto social que deriva de ese compromiso y que tiene un efecto extraordinario en la vida de muchos miles de ciudadanos en España y en otros países del mundo. Vuestra tarea es eficaz, tiene resultados tangibles y concretos que alivian la situación de numerosas personas. Favorecéis, en suma, a la sociedad en su conjunto".

Vuestra labor merece, sin duda, ser más conocida y, también, reconocida. Y tiene una doble dimensión que hoy deseo subrayar muy especialmente. Por un lado, representan los valores y principios que os guían y que son algo que lleváis dentro, algo que está en vuestros corazones, en vuestra forma de ser: la generosidad, el altruismo, la empatía,…la solidaridad. Sin duda os enaltecen como individuos, como hombres y mujeres íntegros comprometidos con vuestra sociedad. Enhorabuena por ser así y por el ejemplo que dais a todos"

 

 Tras estas palabras que han durado poco tiempo y, que han sido acogidas con un fuerte aplauso, el rey y la reina se han quedado en el interior del patio para ir hablando de manera informal con los que allí estábamos presentes; cada uno por separado se han ido acercando a la gente, o más bien la gente se acercaba a ellos, para hablar, contarles, transmitirles las tareas y misión de sus entidades, darles la enhorabuena, etc…  Podéis imaginar! siendo tantísimas personas , se requerían estrategias de acercamiento… porque ciertamente,  todos o casi todos y todas queríamos hablar personalmente con ellos. Este ha sido un momento muy entrañable y de gran cercanía en el que, tanto el rey como la reina, escuchaban a cada persona como si fuera única, muy entrañables y muy atentos en la escucha,   mostrando gran interés por todo lo que se les contaba. Yo he tenido la oportunidad de hablar primero con el rey y después con la reina , les he hablado de nuestra misión y el rey me ha dicho, que "es impresionante  el problema de la trata de personas, que estaba muy invisibilizado y ahora está emergiendo intensamente y crudamente, que nos felicitaba por esta gran labor"; también, como regalo  les he hecho entrega del libro: Santa Mª Micaela,  rompiendo barreras., para que puedan conocer mejor nuestra obra y misión y porque en él se refleja también, la vinculación que Santa Mª Micaela tenía  con la familia real y en particular con la Reina Isabel II, de quien era amiga y confidente, ante este dato la reina ha mostrado sorpresa y curiosidad y ha dicho que lo leería con gusto, al final me ha dado las  "gracias por haber venido a este acto ".

Otra cosa que también nos ha dicho el rey en estos "corrillos" que se creaban en torno a él de carácter informal y que muestra su sensibilidad por lo social, es que ha querido hacer este acto de encontrarse con los representantes de entidades de solidaridad al principio, porque ahora en los inicios, los medios de comunicación están más activos, y quería reconocer y visibilizar el inmenso trabajo de solidaridad que todas las entidades hacen.

Os adjunto también algunas fotos para dar fe de lo contado.

Así ha sido, en síntesis, pero con detalles, la recepción mantenida esta mañana con nuestros reyes, a los que agradecemos este gesto de cercanía, interés y solidaridad con los que peor lo pasan en nuestra sociedad.

 

Un abrazo grande

Toñi López 

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UN RATITO CON DIOS. 31 sonrisas desde la fe. P. Carlos Rosell

UN RATITO CON DIOS. 31 sonrisas desde la fe. P. Carlos Rosell (Paulinas, Lima, 2014, 160 pp)


Querido Padre Carlos:

Gracias, muchas gracias, por este regalazo del "Ratito" que provoca cosquillas en el alma, nos brinda "un momento agradable con el Señor y arranca sonrisas desde la belleza de nuestra fe católica" – como nos escribe en la introducción.

Desde el primer artículo que vi en el "Correo Mariano" siempre le he estado animando a usted y a Lourdes, directora del primer periódico católico del Perú, así como a Hermana Mariarrosa que se recogiesen todos y se publicasen en formato de libro. Y llegó el día y –como siempre- Dios supera nuestros sueños. PAULINAS ha logrado una edición de primera división. El librito en formato agenda de bolsillo es ideal para llevarlo en el transporte, para leerlo en las colas, en la espera… en la cama antes de dormir, en la oficina, en un rinconcito de una biblioteca, en el sofá, y ¡cómo no! en la capilla, junto a Jesús.

Como el pan caliente, se saborea día a día, 31 temas para todo un mes. Comienza con un chistecito o con una anécdota simpática, a continuación se exponen por lo general tres verdades sobre el asunto en cuestión, bien apoyado en citas bíblicas, y una conclusión práctica o propuesta para la vida. Siempre se ve la densidad teológica, la intención y preocupación pastoral, el amor a toneladas por Cristo, su Madre María, nuestra iglesia.

Me parece un magnífico complejo vitamínico espiritual para llevar en el día a día y un regalo ideal para compartir con los demás.

¡Buen provecho! Y, como pan caliente, esperemos el siguiente

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martes, 24 de junio de 2014

SAN JUAN PABLO II: Joven con los jóvenes

El lunes 23 de junio, tuve la suerte de participar en el Panel Forum "Los jóvenes queremos saber la verdad" 50 años después del Concilio Vaticano II "Joven, a ti te dijo:¡ Levántate!" en el que participaron unos 700 jóvenes de unos 15 colegios; como ponentes estuvimos el profesor Juan Bosco Monroy, el P. Felipe Segarra, Rosa María Palacios y servidor. Una estupenda jornada en la que j{ovenes y profesores reflexionaron y debatieron sobre el tema enunciado.

Dedicado a ellos, ofrezco este artículo para valorar cuanto hizo San Juan Pablo II por los jóvenes. 


La juventud es una realidad viva que tiene un presente concreto y que posee una promesa que llena de esperanza a todo grupo social. Para definirla tenemos que enmarcarla en un tiempo histórico de la persona en que va buscando, creciendo, preparándose, enriqueciéndose para definirse. Es un tiempo de la vida en el que se van poniendo las bases para construir el futuro. Juan Pablo II lo define así: (...) "un tiempo dado por la Providencia a cada hombre, tiempo que se le ha dado como tarea, durante el cual busca, como el joven del Evangelio, la respuesta a los interrogantes fundamentales, no sólo el sentido de la vida, sino también un plan concreto para comenzar a construir su vida".

Con motivo del año internacional de la juventud 1985, el Papa escribió una hermosa carta. "Si el hombre es el camino fundamental y cotidiano de la Iglesia, entonces se comprende bien por qué la Iglesia atribuye una especial importancia al periodo de la juventud como una etapa clave de la vida de cada hombre...Vosotros, jóvenes, encarnáis esa juventud. Vosotros sois la juventud de las naciones y de la sociedad, la juventud de cada familia y de  toda la humanidad. Vosotros sois también la juventud de la Iglesia...Vuestra juventud no es sólo algo vuestro,..., sino algo que pertenece al conjunto de ese espacio que cada hombre recorre en el itinerario de  su vida, y es a la vez un bien especial para todos. Un bien de la humanidad misma".(nº 1).

Desde 1985 la Iglesia ha visto surgir las Jornadas Mundiales de los Jóvenes. Su génesis -recuerda el Santo Padre- fue el Año Jubilar de la Redención y el Año Internacional de la Juventud, convocado por la Organización de las Naciones Unidas en aquel mismo añoLos jóvenes fueron invitados a Roma. Y éste fue el comienzo. (...) El día de la inauguración del pontificado, el 22 de octubre de 1978, después de la conclusión de la liturgia, dije a los jóvenes en la plaza de San Pedro: "Vosotros sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. Vosotros sois mi esperanza"».En Cruzando el Umbral de la Esperanza: ""Los jóvenes tienen necesidad de un guía, y quieren tenerlo muy cerca. Si recurren a personas con autoridad, lo hacen porque las suponen ricas de calor humano y capaces de andar con ellos por los caminos que están siguiendo" p.132 en cualquier parte a la que el Papa vaya busca a los jóvenes, y en todas partes es buscado por los jóvenes. Aunque, la verdad es que no es a él a quien buscan. A quien buscan es a Cristo, que "sabe lo que hay en cada hombre" (Jn 2 ,25), especialmente en un hombre joven, ¡y sabe dar las verdaderas respuestas a sus preguntas! Y si son respuestas exigentes, los jóvenes no las rehuyen en absoluto; se diría más bien que las esperan"( p.133) [...]".

Bello es el texto de la Novo millennio ineunte n.9: "Si hay una imagen del Jubileo del Año 2000 que quedará viva en el recuerdo más que las otras es seguramente la de la multitud de jóvenes con los cuales he podido establecer una especie de diálogo privilegiado, basado en una recíproca simpatía y un profundo entendimiento. Fue así desde la bienvenida que les di en la Plaza de san Juan de Letrán y en la Plaza de san Pedro".Podríamos decir que el Papa se hace joven con los jóvenes. Entrañable y simpático resultó el diálogo entablado con los jóvenes españoles en mayo del 2003 en el que se definió como joven de 82 años.

Inolvidable para Lima, el encuentro en el Hipódromo de Monterrico, 2 de febrero de 1985, en el que conminó a sus "amadísimos jóvenes:" que "a ejemplo de la joven Santa Rosa de Lima, empeñad vuestras energías en construir un Perú donde brille la santidad, donde se plasmen las Bienaventuranzas del Reino. Construid un Perú más fraterno y reconciliado".

Para el Encuentro Mundial de la Juventud, en Colonia 2005, nos dejó este hermoso desafío: "Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás. La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad". En el primer mensaje de su pontificado, el Papa Joseph Ratzinger saluda en particular a los jóvenes, «interlocutores privilegiados del Papa Juan Pablo II» y les dirige su «afectuoso abrazo en espera, si Dios quiere, de encontrarme con ellos en Colonia». «Queridos jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad, seguiré dialogando y escuchando vuestras esperanzas para ayudaros a encontrar cada vez con mayor profundidad a Cristo viviente, el eternamente joven», concluye la misiva pontificia.

Y, poco antes, de marcharse al Paraíso, sus últimas palabras nos recuerdan a las de Don Bosco: "Jóvenes les espero a todos en el Paraíso". Juan Pablo, en sus últimas palabras, balbució: Yo siempre busqué a los jóvenes, ahora vienen ellos a buscarme a mí".

Tampoco faltó en Colonia el Joven Juan Pablo, pero lo hará desde el Cielo. Pasó el testigo a Benedicto XVI y a Francisco I, quien nos lanzó en la JMJ de Río: "¡Jóvenes, vayan, gozosos, a servir!".

 

José Antonio Benito

 


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domingo, 22 de junio de 2014

AUTO DE FE DE LA INQUISICIÓN DE LIMA EN 1605 CONTADO POR FRAY DIEGO DE OCAÑA

Gracias al jerónimo de Guadalupe, Fray Diego de Ocaña, y su Viaje por el Nuevo Mundo: de Guadalupe a Potosí, 1599-1605[1]. Conocemos los pormenores de un Auto en el que estuvo presente Santo Toribio:

 

En el año de 1605 se celebró en Lima un acto de Inquisición, al cual yo me hallé, y se celebra con mucha más majestad que en España porque se hace en la plaza un teatro y cadalso muy grande y alto, donde cabe la mayor parte de la ciudad. Asiste a él el virrey y oidores, la universidad y los dos cabildos, eclesiástico y seglar, y todas las órdenes; que es mucho de ver adonde agota sesenta años no se conocía al verdadero Dios y que están las cosas de la fe católica tan adelante que se celebren con tanta majestad y autoridad sus actos, con mucha más gravedad que en España. Pues allá, donde no se halla la persona real, se hace no con tanta majestad como acá. Salieron en este último acto 23 judíos, todos portugueses, de los cuales quemaron a los tres vivos que no se quisieron convertir y todos los demás judaizantes con sambenitos reconciliados. Hay también por acá muchas hechiceras, particularmente indias y negras, que engañan con sus embustes a otras mujeres que fácilmente y de ligero se creen de ellas; y se tuvo por buen orden no sacarlas al acto a estas mujeres, sino allá en la capilla las penitenciaron, porque cuando les leen los procesos aprende otras aquellos embustes, y por esto no las sacaron en público ni las sacarán ya más. Duró este acto de Inquisición desde las 7 de la mañana hasta las 8 de la noche, tercera dominica de cuaresma. Yo me holgué mucho de ver la autoridad y gravedad con que se celebró. Y todo este tiempo anduvieron las compañías de lanzas y alcabuces por las calles cercando y guardano la ciudad con la guarda del virrey, que son cincuenta alabarderos los cuales siempre salen con la persona del virrey siempre que sale de casa a cualquier parte, aunque sea a la iglesia a misa.



[1] Edición crítica de Blanca López de Mariscal y Abraham Madroñal Universidad de Navarra. Iberoamericana. Vervuert. 2010, 504 pp.

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CINCO MILAGROS EN CINCO CONVERTIDOS CONTEMPORÁNEOS


En el formidable libro del P. ÁNGEL PEÑA O.A.R. LAS  MANOS  DE  DIOS  EN  LA  HISTORIA  HUMANA APUNTES  PARA  UNA  TEOLOGIA  DE  LA  HISTORIA se nos narran cinco MILAGROS  DE  CINCO CONVERSIONES contemporáneas

(www.libroscatolicos.org)


Una prueba más de que Dios existe e influye en la historia humana es la conversión instantánea de grandes ateos. Veamos algún ejemplo significativo.

 

 

            André  Frossard

 

            André Frossard (1915-1995) ha escrito el testimonio de su conversión en su libro Dios existe, yo me lo encontré. En él nos va contando cómo era de esos ateos perfectos, de ésos que ni se preguntan por su ateísmo. Escribe: Un acontecimiento iba a operar en mí una revolución extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter que mi familia se alarmó. Todavía la víspera era un muchacho rebelde y fácilmente insolente, es verdad, pero desde el punto de vista de la estadística, normal, gravitando en un círculo de ideas conocidas, teniendo, en materia de educación sentimental, el desorden que se decía propio de su edad... Al día siguiente, era un niño dulce, asombrado, lleno de una alegría grave, que se derramaba sobre unos allegados, desconcertados por la excentricidad de ese cardo, que inopinadamente florecía en rosas [1].

 

Habiendo entrado a las cinco y diez de la tarde en una capilla del barrio latino de París en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad  que no era de la tierra. Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, volví a salir algunos minutos más tarde, católico, apostólico, romano, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable. Al entrar tenía veinte años. Al salir era un niño listo para el bautismo [2].

 

Sus padres, ateos y comunistas, se asustaron y lo hicieron examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista, que concluyó con que era una crisis de misticismo y que esa crisis duraba generalmente unos dos años. No había más que tener paciencia. Pero su crisis o conversión le duró toda la vida. Incluso, su hermana menor se convirtió pronto y su madre también, aunque bastantes años después. Pero veamos cómo cuenta el suceso clave del momento de su conversión. Era el 8 de julio de 1935 y  su padre era el secretario general del partido comunista francés. Entró a una capilla, donde había Exposición del Santísimo Sacramento, a buscar a su amigo Willemin, pues le parecía que tardaba demasiado. Él dice así: El fondo de la capilla está vivamente iluminado. Sobre el altar mayor, revestido de blanco, hay un gran aparato de plantas, candelabros y adornos. Todo está dominado por una gran cruz de metal labrado, que lleva en el centro un disco de un blanco mate (la custodia). Yo he entrado en iglesias, por amor al arte, pero nunca he visto una custodia e ignoro que estoy ante el Santísimo Sacramento… Mi mirada pasa de la sombra a la luz, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar. Luego ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. Entonces, se desencadena bruscamente la serie de prodigios, cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, al niño que jamás he sido…

 

No digo que el cielo se abre; no se abre, se eleva, se alza de pronto en fulguración silenciosa… Es un cristal  indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible (un grado más me aniquilaría), un mundo distinto, de un resplandor y de una densidad que despiden  al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la verdad, la veo desde la rivera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios; la evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de aquel mismo a quien yo habría negado un momento antes y que es dulce, con una dulzura no semejante a ninguna otra [3].

 

Dios estaba allí, revelado y oculto por esa embajada de luz que, sin discursos ni figuras, hacía comprenderlo todo, amarlo todo… El milagro duró un mes. Cada mañana volvía a encontrar con éxtasis esa luz que hacía palidecer al día, esa dulzura que nunca habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica… Sin embargo, luz y dulzura perdían cada día un poco de intensidad. Finalmente, desaparecieron sin que, por eso, me viese reducido a la soledad… Un sacerdote del Espíritu Santo se hizo cargo de prepararme para el bautismo, instruyéndome en la religión de la que no he de precisar que no sabía nada. Lo que me dijo de la doctrina cristiana lo esperaba y lo recibí con alegría; la enseñanza de la Iglesia era cierta hasta la última coma, y yo tomaba parte en cada línea con un redoble de aclamaciones, como se saluda una diana en el blanco. Una sola cosa me sorprendió: la Eucaristía, y no es que me pareciese increíble; pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso [4].

 

Me sentía agradecido a aquellas ancianas que iban a la primera misa… Un arranque de gratitud me llevaba hacia ellas y hacia todos aquellos que habían guardado la fe; hubiera dicho, por poco, que me habían guardado la fe. La idea de que la religión habría podido desaparecer de la superficie de la tierra antes de mi llegada me daba el escalofrío de los terrores retrospectivos… ¡Qué bien estábamos bajo las vigas de piedra gris en la soledad de esos graneros donde el sacerdote, acompañado por la imperceptible música del amanecer, realizaba en el altar su milagro tranquilo! [5].

 

            Al salir de la capilla de la calle Ulm, sabía cuatro cosas, o mejor dicho, veía cuatro cosas evidentes que todavía me asombran: hay otro mundo; Dios es una persona; estamos salvados y, paradójicamente, estamos por salvar; la Iglesia (católica) es de institución divina… La Iglesia es de institución divina, porque es Dios quien le confía las almas y no al contrario… Yo no le he dado mi adhesión; he sido conducido a ella como un niño a quien se lleva a la escuela cogido de la mano, o llevado a su familia, a quien él no conocía. Esta sensación de connivencia entre la Iglesia y lo divino ha sido tan fuerte, que siempre me retuvo, no de evaluar los errores cometidos en cada siglo por la gente de Iglesia, sino de tomar la parte por el todo… Su santidad invisible me impresiona, sus debilidades e imperfecciones de aquí abajo me tranquilizan, y me la hacen más próxima. Sucede que tampoco yo soy perfecto [6].

 

El conoció instantánea e intuitivamente, por revelación de Dios, las verdades de la fe católica, sobre todo, de la Eucaristía y, por eso, amó y vivió nuestra fe hasta las últimas consecuencias. Y dice: ¡Dios mío! Entro en tus iglesias desiertas, veo a lo lejos vacilar en la penumbra la lamparilla roja de tus sagrarios y recuerdo mi alegría. ¡Cómo podría olvidarlo! ¿Cómo echar en olvido el día en que se ha descubierto el amor desconocido por el que se ama y se respira; donde se ha aprendido que el hombre no está solo, que una invisible presencia le atraviesa, le rodea y le espera: que, más allá de los sentidos y de la imaginación, existe otro mundo, al lado del cual el universo material, por hermoso que sea, no es más que vapor incierto y reflejo lejano de la belleza de quien lo ha creado? [7].

 

André Frossard, miembro de la Academia francesa y el mejor escritor católico francés del siglo XX, que ha escrito muchos libros para fomentar nuestra fe y que creía firmemente en la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Él sabía por experiencia, que Dios es Amor. Las últimas palabras, que como broche de oro, pone en el libro de su conversión son: Amor, para llamarte así, ni toda la eternidad será suficiente, que es como decir: Señor, te amo tanto que ni toda la eternidad será suficiente para decirte cuánto te amo.

 

 

            Alexis  Carrel

 

            Alexis Carrel (1873–1944) era un joven médico francés de Lyon de 30 años, cuando reemplazó a uno de sus compañeros para ir como médico a una peregrinación de 300 enfermos al santuario de Lourdes, en julio de 1903.

 

No creía en Dios ni en milagros. Era un científico, que sólo creía en la razón, pero era un hombre sincero y, al final del viaje, debió reconocer que existía Dios y lo sobrenatural. Él nos cuenta su aventura espiritual en su libro Viaje a Lourdes, donde él escribe sus impresiones bajo el nombre de Dr. Lerrac (el revés de Carrel).

 

Dice así: El tren se detuvo antes de entrar en la estación de Lourdes. Las ventanillas se llenaron de cabezas pálidas, extáticas, alegres, en un saludo a la tierra elegida, donde habrían de desaparecer los males… Un gran anhelo de esperanza surgía de estos deseos, de estas angustias y de este amor [8].

 

Al llegar los enfermos al hospital, Lerrac se acercó a la cama que ocupaba una joven enferma de peritonitis tuberculosa… María Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly) tenía las costillas marcadas en la piel y el vientre hinchado. La tumefacción era casi uniforme, pero algo más voluminosa hacia el lado izquierdo. El vientre parecía distendido por materias duras y, en el centro, notábase una parte más depresible llena de líquido. Era la forma clásica de la peritonitis tuberculosa… El padre y la madre de esta joven murieron tísicos; ella escupe sangre desde la edad de quince años; y a los dieciocho contrajo una pleuresía tuberculosa y le sacaron dos litros y medio de líquido del costado izquierdo; después tuvo cavernas pulmonares y, por último, desde hace ocho meses sufre esta peritonitis tuberculosa. Se encuentra en el último período de caquexia. El corazón late sin orden ni concierto. Morirá pronto, puede vivir tal vez  unos días, pero está sentenciada [9].

 

A María Ferrand, después de hacerle unas abluciones con el agua milagrosa de la Virgen, porque su estado era sumamente grave y no se atrevieron a meterla en la piscina, la llevaron ante la imagen de la Virgen en la gruta.

 

La mirada de Lerrac se posó en María Ferrand y le pareció que algo había cambiado su aspecto, parecía que su cutis tenía menos palidez… Lerrac se acercó a la joven y contó las pulsaciones y la respiración y comentó: La respiración es más lenta. Evidentemente, tenía ante sus ojos una mejoría rápida en el estado general. Algo iba a suceder y se resistió a dejarse llevar por la emoción. Concentró  su mirada  en María Ferrand sin mirar a nadie más. El rostro de la joven, con los ojos brillantes y extasiados, fijos en la gruta, seguía experimentando modificaciones. Se había producido una importante mejoría. De pronto, Lerrac se sintió palidecer al ver cómo, en el lugar correspondiente a la cintura de la enferma, el cobertor iba descendiendo, poco a poco, hasta el nivel del vientre…

 

En la basílica acababan de dar las tres de la tarde. Algunos minutos después, la tumefacción del vientre pareció que había desaparecido por completo…

 

Aquel suceso inesperado estaba en contradicción con todas sus ideas y previsiones y le parecía estar soñando. Le dieron una taza llena de leche a la joven y la bebió por entero. A los pocos momentos, levantó la cabeza, miró en torno suyo, se removió algo y reclinóse sobre un costado sin dar la menor muestra de dolor. Eran ya cerca de las cuatro. Acababa de suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro! Aquella muchacha agonizante poco antes, estaba casi curada [10].

 

Esto no puede ser una peritonitis nerviosa, pensaba. Ofrecía síntomas demasiado acusados y absolutamente claros… Hacia las siete y media volvió al hospital, ardiendo de curiosidad y angustia…

 

Quedóse mudo de asombro. La transformación era prodigiosa. La joven, vistiendo una camisa blanca, se hallaba sentada en la cama. Los ojos brillaban en su rostro, gris y demacrado aún, pero móvil y vibrante, con un color rosado en las mejillas. Las comisuras de sus labios en reposo, conservaban todavía un pliegue doloroso, impronta de tantos años de sufrimientos, pero de toda su persona emanaba una indefinible sensación de calma, que irradiando en torno suyo, iluminaba de alegría la triste sala.

 

- Doctor, estoy completamente curada, dijo a Lerrac, aunque me siento débil… La curación era completa. Aquella moribunda de rostro cianótico, vientre distendido y corazón agitado, habíase convertido en pocas horas en una joven casi normal, sólamente demacrada y débil… ¡Es el milagro, el gran milagro, que hace vibrar a las multitudes, atrayéndolas alocadas a Lourdes! ¡Qué feliz casualidad ver cómo, entre tantos enfermos, ha sanado la que yo mejor conocía y a la que había observado largamente! [11].

 

María Ferrand (María Bailly), la curada por la Virgen, se hizo religiosa de la caridad, de San Vicente de Paul, y murió en 1937.

 

Alexis Carrel (Dr. Lerrac), después del milagro, publicó algunos escritos sobre este hecho en los periódicos y revistas, pero fue marcado por el ambiente anticlerical de sus colegas, por lo que no le quisieron dar ningún trabajo.

 

Esto fue providencial; pues, buscando empleo, fue al Instituto Rockefeller de Nueva York a investigar y, como premio de sus investigaciones, a los diez años del milagro, recibió el premio Nóbel de Medicina. Murió en París en noviembre de 1944. Según afirmó el sacerdote que lo atendió en los últimos momentos, se confesó, comulgó, recibió la unción de los enfermos y dijo: Quiero creer y creo todo lo que la Iglesia católica quiere que creamos y para ello no experimento dificultad alguna, porque no hallo nada que esté en oposición real con los datos ciertos de la ciencia [12].

 

 

            Manuel  García  Morente

 

Manuel García Morente (1886-1942), gran filósofo español, nos cuenta en la carta que dirigió a su director espiritual Monseñor José María García Lahiguera, en setiembre de 1940, el hecho extraordinario de su conversión.

 

Él era ateo, aunque había hecho de niño su primera comunión. Pero sus estudios de filosofía lo habían alejado de Dios y de la religión. Al comenzar la guerra civil española, tuvo que huir a Francia, porque lo buscaban para matarlo. Estaba en París, desesperado por no encontrar los medios humanos para conseguir que su familia llegara a París para estar a salvo con él. En esas circunstancias, la noche del 29 al 30 de abril de 1937, escuchó un trozo de música de Berlioz, titulada La infancia de Jesús, que lo dejó con una gran paz interior. Dice así: Una inmensa paz se había adueñado de mi alma. Es verdaderamente extraordinario e incomprensible cómo una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo… En el relojito de pared sonaron las doce. La noche estaba serena y muy clara. En mi alma reinaba una paz extraordinaria. Me parece que debía sonreír… Pensé: Lo primero que haré mañana será comprarme un libro devoto y algún manual de doctrina cristiana. Aprenderé las oraciones, me instruiré lo mejor que pueda en las verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño… Compraré también los santos Evangelios y una vida de Jesús. "¡Jesús, Jesús! ¡Bondad! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!". Debí quedarme dormido.

 

Me puse en pie, todo tembloroso y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica, de esas diminutas de una o dos bujías en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído ni en el tacto ni en el olfato ni en el gusto. Sin embargo, lo percibía allí presente con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que lo percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es eso posible? Yo no lo sé. Pero sé que Él estaba allí presente y que yo, sin ver ni oír ni oler, ni gustar, ni tocar nada, lo percibía con absoluta e indubitable evidencia… No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello -Él allí- durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía…

 

Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba de Él y que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la madre que tiene en sus brazos al niño… ¿Cómo terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él aún allí y yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después, ya Él no estaba allí, ya no había nadie en la habitación… Debió durar su presencia un poco más de una hora [13].

 

Y fue tal el impacto recibido que decidió dedicar toda su vida al servicio de Dios. Fue ordenado sacerdote en 1940 y murió en Madrid el 7 de diciembre de 1942.

 

 

            Alfonso  de  Ratisbona

 

            Alfonso de Ratisbona (1814-1884). Era un rico banquero judío. El 20 de enero de 1842 salió a dar un paseo con su amigo católico Teodoro de Bussières y dice: Si alguien me hubiera dicho en la mañana de aquel día: te has levantado judío y te acostarás cristiano; si alguien me hubiera dicho eso, lo habría mirado como al más loco de los hombres. Después de haber almorzado en el hotel y llevado yo mismo mis cartas al correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustavo… Hablamos de caza, de placeres, de diversiones del carnaval. No podían olvidarse los festejos de mi matrimonio…

 

            Si en ese momento, era mediodía, un tercer interlocutor se hubiese acercado a mí y me hubiera dicho: Alfonso, dentro de un cuarto de hora adorarás a Jesucristo, tu Dios y Salvador; y estarás prosternado en una pobre iglesia; y te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote, en un convento de jesuitas, donde pasarás el carnaval preparándote al bautismo; dispuesto a inmolarte por la fe católica; y renunciarás al mundo, a sus pompas, a sus placeres, a tu fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y, si es preciso, renunciarás también a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al apego de los judíos...; ¡y sólo aspirarás a servir a Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la muerte!..."; digo que si algún profeta me hubiera hecho una predicción semejante, sólo habría juzgado a un hombre más insensato que ése: ¡al hombre que hubiera creído en la posibilidad de tamaña locura! Y, sin embargo, ésta es hoy la locura causa de mi sabiduría y de mi dicha.

 

Al salir del café encuentro el coche de Théodore de Bussieres. El coche se detiene; se me invita a subir para dar un paseo. El tiempo es magnífico y acepté gustoso. Pero M. Bussieres me pidió permiso para detenerse unos minutos en la iglesia de Sant´Andrea delle Fratte, que se encontraba casi junto a nosotros, para una comisión que debía desempeñar; me propuso esperarle dentro del coche; yo preferí salir para ver la iglesia…

 

La iglesia de San Andrés es pequeña, pobre y desierta; creo haber estado allí casi solo. Ningún objeto artístico atraía en ella mi atención. Paseé maquinalmente la mirada en torno a mí, sin detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan sólo a un perro negro que saltaba y brincaba ante mis pasos. Enseguida el perro desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien, ¡Oh, Dios mío, vi una sola cosa! ¿Cómo sería posible explicar lo inexplicable? Cualquier descripción, por sublime que fuera, no sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba allí, prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí mismo, cuando M. de Bussieres me devolvió a la vida.

 

            No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas al fin, tomé la medalla que había colgado sobre mi pecho; besé efusivamente la imagen de la Virgen, radiante de gracia. ¡Oh, era, sin duda, Ella! No sabía dónde estaba. Sentí un cambio tan total que me creía otro. Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo. La más ardiente alegría estalló en el fondo de mi alma. No pude hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y sagrado que me hizo pedir un sacerdote. Se me condujo ante él y, sólo después de recibir su positiva orden, hablé como pude: de rodillas y con el corazón estremecido.

 

Mis primeras palabras fueron de agradecimiento para M. de La Ferronays y para la archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias. Sabía de una manera cierta que M. de La Ferronays había rezado por mí; no sabría decir cómo lo supe ni tampoco podría dar razón de las verdades, cuya fe y conocimiento había adquirido. Todo lo que puedo decir es que, en el momento de la bendición, la venda cayó de mis ojos; no sólo una, sino toda la multitud de vendas que me habían envuelto desaparecieron sucesiva y rápidamente, como la nieve y el barro y el hielo bajo la acción del sol candente.

 

            Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo; que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o, por analogía, con un ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día: Si no se puede explicar la luz física, ¿cómo podría explicarse la luz que en el fondo es la verdad misma? Creo decir la verdad al afirmar que yo no tenía ciencia alguna de la letra de los dogmas, pero entreveía su sentido y su espíritu. Sentía, más que veía esas cosas; y las sentía por los efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría en mi interior. Y esas impresiones, mil veces más rápidas que el pensamiento, no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto al revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida. A partir de ese momento, el amor de Dios había ocupado en mí el lugar de cualquier otro amor [14].

           

            Alfonso de Ratisbona lo dejó todo, incluso a su novia, y se hizo sacerdote y llegó a ser un santo. Ahora se le conoce como san Alfonso de Ratisbona. Su amigo Teodoro de Bussières escribió un libro sobre su conversión, donde refiere que le dijo así: La he visto, la he visto. Todo el edificio desapareció de mi vista, vi un gran resplandor y en medio de aquel resplandor sobre el altar, se me apareció erguida, esplendida, llena de majestad y dulzura la Virgen María y me sonrió. No me dijo nada, pero yo lo comprendí todo [15].

 

            En la iglesia de Sant´Andrea delle Fratte, donde ocurrió el milagro, hay una inscripción que dice: El 20 de enero de 1842 Alfonso de Ratisbona de Estrasburgo vino aquí judío empedernido. La Virgen se le apareció como la ves. Cayó judío y se levantó cristiano. Extranjero, lleva contigo este precioso recuerdo de la misericordia de Dios y de la Santísima Virgen.

 



[1]  André Frossard, Dios existe, yo me lo encontré, Ed. Rialp, Madrid, 2001, p. 133.

[2]  Ib. p. 6.

[3]  Ib. pp. 155-158.

[4]  Ib. pp. 162-164.

[5]  Ib. p. 137.

[6]  Frossard André, ¿Hay otro mundo? Ed. Rialp, Madrid, 1981, pp. 51-52.

[7]  Ib. p. 11.

[8]  Alexis Carrel, Viaje a Lourdes, Ed. Iberia, Barcelona, 1957, p. 57.

[9]  Ib. p. 50.

[10]  Ib. pp. 60-61.

[11]  Ib. pp. 64-66.

[12]  Ib. p. 13.

[13]  Manuel García Morante, El hecho extraordinario, Ed. Rialp, Madrid, 2002, pp. 36-43.

[14]  André Frossard, ¿Hay otro mundo?, Ed. Rialp, Madrid, 1981, pp. 32-36.

[15]  Teodoro de Bussières, Conversión de Alfonso María de Ratisbona, Ed. Balmes, Barcelona, 1951.

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LA CONVERSIÓN DE Lima EN VÍSPERAS DE LA NAVIDAD DE 1604 por EL SERMÓN DE SAN FRANCISCO SOLANO

LA CONVERSIÓN DE  Lima EN VÍSPERAS DE LA NAVIDAD DE 1604 por EL SERMÓN DE SAN FRANCISCO SOLANO

 

La Lima que vio a Rosa, Martín, Juan Macías, y Toribio, se estremeció como nunca por obra y gracia del predicador más famoso por aquel entonces, San Francisco Solano, el 21 de diciembre de 1604. Se trata del más famoso sermón de su vida y ha quedado en la historia del Perú como ejemplo de conversión milagrosa de todo un pueblo. Se le ha llamado el sermón de las cuatro calles.

 

El padre Solano salió con su Cristo en la mano, acompañado del hermano corista fray Mateo Pérez, a predicar a la plaza principal o plaza de Armas o cuatro calles como otros la llamaban. Dice el hermano Mateo que, al andar, iba tan deprisa que parecía que quería volar, porque iba como arrebatado por el espíritu de Dios.

 

Vino a la hora de las cuatro a la plaza pública y se subió a un púlpito en los soportales junto al banco de Juan de la Cueva. Puesto en él, acudió tanta gente, así para oír, la palabra de Dios como por la devoción que le tenían, que admiró el concurso[1].

 

Pablo Moya de Contreras, que estuvo presente, refiere:

 

 En el discurso del sermón dijo estas palabras: "Malas nuevas habéis tenido de Arequipa por la ruina que ha sucedido [2] por los pecados de los hombres. Pues no os las traigo yo mejores, porque os advierto que, antes de mañana a estas horas, de esta ciudad no ha de quedar piedra sobre piedra por vuestras maldades y pecados. Y os he dado mucho largo. Os advierto que, antes de mañana al mediodía, se verá cumplido lo que digo. Y para que abráis los ojos y os arrepintáis de vuestros pecados, os aviso que antes de medianoche, veréis esta miserable ruina. Se alborotó tanto el pueblo que los unos a los otros se miraban como sin juicio, juzgándonos todos de que el castigo tan merecido por nuestras culpas venía ya sobre nosotros, y tan confusos y suspensos que nos parecía que no había lugar donde acogernos[3].

 

Según el testimonio de Domingo de Luna:

 

La gente se convenció de que por los pecados de los vecinos había de hundir Dios aquella noche la ciudad de Los Reyes y que por la grande opinión que tenían del padre Francisco Solano de siervo de Dios, tuvieron por tan cierto que había de ser así que muchos, o los más de la ciudad, se apercibieron con oraciones y confesiones, recurriendo a las iglesias con mucha turbación y temor[4]. Y clamaban a Dios pidiendo misericordia. Y hubo muchos disciplinantes con cruces a cuestas y otros con otras varias penitencias públicas[5].

 

Sor Cecilia de San Gabriel, que en ese momento era casada con Esteban Rojas y después entró de religiosa, declaró: Las gentes andaban por las calles llorando y gimiendo sus culpas y pecados. Y esta testigo vio y oyó a las gentes que pasaban en gran número y con mucho alboroto, pidiendo misericordia de sus culpas y pecados[6].

 

El padre Diego de Pineda declaró: Aquella noche se abrieron todos los templos de la ciudad y se descubrió (fue expuesto) el Santísimo Sacramento en todos ellos, y las gentes pedían a voces confesión y se confesaban muchas almas, y hubo sermones y pláticas en la Compañía de Jesús y en otros conventos, y se hicieron restituciones de cosas hurtadas, y personas que estaban en mal estado, que hacía muchos años que no se confesaban, se confesaron y salieron del mal estado en que estaban, y por las calles andaban como si fuera el día del juicio, unos azotándose y otros con cruces a cuestas y frecuentando los templos e iglesias, pidiendo a Dios perdón y misericordia [7].

 

Según el testimonio del dominico padre Baltasar Méndez, en la iglesia de Santo Domingo debía haber como 24 confesores y no se podían dar mano a consolar y confesar a los penitentes. Y sabe este testigo que muchos hombres, amancebados de muchos años, dejaron la mala vida que llevaban[8].

 

Gerónima de Esquivel certificó que en la catedral: Era tanto el concurso de personas que venían a confesarse que concurrían a los pies de los confesores de tres en tres y cuatro en cuatro, sin reparar en que los unos oyesen las culpas de los otros, porque las confesaban públicamente; y los sacerdotes no podían excusar el fervor de los penitentes, porque iban con gran dolor deseosos de ser perdonados de ellas... Mucha gente había ido a los recoletos descalzos, donde estaba el padre Solano y lo trajeron a esta ciudad ante su Prelado que estaba en el convento de la Observancia (templo de San Francisco) y allí lo examinó el Prelado de las palabras que había predicado… y luego se publicó que había resultado aquel alboroto de una razón que había sido mal entendida y con aquello quedó la ciudad sosegada[9].

 

            Pero el impacto espiritual de aquel sermón sobre la ciudad fue tremendo. Algunos dirían que parecía esta ciudad la de Nínive, cuando predicó el profeta Jonás y todos tuvieron como cosa de admiración y de milagro que Dios Nuestro Señor se había servido del padre Solano para convertir a la ciudad.

 

 

El mismo padre Solano respondió a fray Gómez, que le preguntaba: Sí, Dios me lo mandó y yo prediqué[10]. Y a Juan Esquivel le dijo: Dios me movió. Que un gusanillo como yo, que merezco cien mil infiernos por mis pecados, ¿cómo podía mover eso? Dios lo hizo por su gran misericordia[11].

 

De hecho los efectos de aquel sermón duraron mucho tiempo. Fray Gerónimo Serrano declaró: Este testigo, como confesor, vio que muchos días después del dicho sermón no cesaron las confesiones. Ni este testigo ni los demás confesores podían dar abasto a ellas sin quitarse de los confesionarios[12]. Y fray Diego de Curiel certificó. El efecto del sermón duró muchos días y algunos meses después[13]

           

Contamos con una descripción vívida del suceso por parte de Fray Diego de Ocaña[14]:

 "Sucedió en esta ciudad después de Pascua de navidad el mismo año de1605, que estando con algún temor de haber sabido cómo la mar había salido de sus límites y había anegado todo el pueblo y puerto de Arica y puesto por tierra el temblor a la ciudad de Arequipa, predicó en la plaza un fraile descalzo de San Francisco; y en el discurso del sermón dijo que temiesen semejante daño como aquél y que según eran muchos los pecados desta ciudad, que les podría venir semejante castigo aquella noche, antes de llegar al día. Y los oyentes no percibieron bien, sino que había dicho el fraile que se había de hundir toda la ciudad, y con esto pasó la palabra por toda ella y fueron añadiendo que había dicho que Dios se lo había revelado que lo dijese para que no los cogiese descuidados el castigo del cielo. Y con esta nueva se alborotó tanto la ciudad, que después que soy hombre no he visto ni espero ver semejantes cosas como aquella noche pasaron, porque en todos los conventos se abrieron los sagrarios y se encendieron muchas luces y cirios, y el Santísimo Sacramento estuvo descubierto en todas las parroquias y conventos. Y todos los frailes en las iglesias y clérigos arrimados por las paredes confesando a la gente, las cuales se confesaban algunos a voces y de que en dos en dos; aquella noche por las calles, muchos penitentes azotándose como noche de jueves Santo. Hiciéronse muchas restituciones, diéronse muchas limosnas, muchos que estaban amancebados se casaron y hubo muchos desposorios; y toda la gente de la ciudad por las calles y en las iglesias todos llorando y dando gritos, todos gimiendo y suspirando, diciendo que aquella noche habían todos de ser hundidos. Y para mí fue aquella noche un retrato del día del Juicio y toda la ciudad haciendo verdaera penitencia, pidiendo a Dios misericordia y haciendo los religiosos muchas plegarias.

 

Al fin de todo esto llamaron al fraile descalzo, el arzobispo y el virrey y sus prelados y le preguntaron si le había revelado Dios que se había de hundir aquesta ciudad aquella noche. El cual respondió que no había tenido revelación ninguna y que él no había dicho que se había de hundir, sino que temiesen no les viniese el castigo semejante al de Arequipa, y que según eran grandes los pecados de la ciudad, que le podían esperar aquella noche antes que mañana; y que esto había dicho porque se enmendasen y no porque hubiese tenido revelación dello. Y cuando se vino a hacer aquesta declaración eran las diez de la noche, porque el convento de los descalzos está fuera de la ciudad, de la otra parte del río; y primero que trujeron al fraile y se hizo esta declaración, era ya media noche y en los conventos todos estaban predicando en los púlpitos que hiciesen penitencia. Y después fue toda la Justicia por las calles y por las iglesias, mandando que las cerrasen y a la gente que se fuese a recoger, que no era así lo que había dicho predicado el fraile. Y la gente quedó y estaba tan temerosa, que no hubo quien reposase aquella noche, que fue la más confusa que debe de haber sucedido en el mundo porque no había madre que se acordase de hijo, ni hijo de padre, ni amigo de pariente; todo era llorar cada uno sus pecados, entendiendo todos aquella noche ser hundidos en las entrañas de la tierra para siempre jamás.

Y porque no es posible poder significar por escrito lo que aquella noche sucedió, todo por extenso, lo dejo a la consideración del que sabe qué cosa es temor de muerte y infierno. Sólo digo que como yo estaban en mi ermita en el campo y no sabía nada de lo que en la ciudad pasaba y vi venir penitentes azotándose y era tiempo de Pascua, sospeché que eran algunos ladrones que querían robar con traje de penitentes, como ha sucedido muchas veces en España, con túnica de disciplinantes entrar en algunas casas y llevar cuanto hay. Y como en la ermita hay lámparas de plata y otras muchas cosas de plata para el servicio del altar, y está en el campo, entendí cierto que me querían hacer algún agravio porque no sabía lo que pasaba. Y aunque me pedían que los confesase no quería hacerlo, antes me certificaba más que me querían robar con aquel achaque de que me ocupase con uno para que entretanto los demás entrasen más a su salvo. Y así no quise confesar a nadie hasta después que vino mucha gente y me certifiqué de lo que había. Y como me vi solo en el campo tuve algún temor, particularmente de un penitente que se llegaba mucho a mí y pensando que quería embestir conmigo y quitarme las llames quíseme ayudar de una perra muy brava que tenía como una leona y soltéla; y como era una hora de noche y la había muy tenebrosa, que parece que amenazaba con su obscuridad el daño que se temía, luego que la perra salió y vido al penitente blanquear, embistió con él, diole tantos bocados que le hizo pedazos la túnica, y daba voces que le mataba, de suerte que hizo más penitencia con la perra y le dolió más que la que él venía haciendo. Y como yo entendía que era ladrón, estábame quedo, guardando la puerta de la casa y no se me daba nada que le mordiese; y la perra era tan brava que, si no viniera gente como vino, luego le hiciera mil pedazos. Al fin yo, enterado de lo que había, abrí las puertas de la iglesia y encendí dos hachas a Nuestra Señora y seis velas en el altar, y con el clérigo que acudieron dijimos una salve a Nuestra Señora con la letanía suya. Y después nos pusimos a confesar a la gente y hasta las dos de la noche no me levanté de una silla, yo ni los demás; que en la cuaresma toda no se cogió más fruto que aquella noche".



[1]  Plandolit Luis Julián, El apóstol de América, San Francisco Solano, Ed. Cisneros, Madrid, 1963, p. 253.

[2]  Unos días antes, el 25 de noviembre, un gran terremoto había asolado la ciudad de Arequipa.

[3]  Archivo Secreto Vaticano N° 1.328, fol 1.241.

[4]  Ib. fol 486.

[5]  Ib. fol 480.

[6]  Ib. fol 1.835.

[7]  Ib. fol 95.

[8]  Ib. fol 480.

[9]  Archivo Secreto Vaticano N° 1.328, fol 262.

[10]  Ib. fol 129.

[11]  Ib. fol 390.

[12]  Ib. fol 1.988-1.989.

[13]  Plandolit Luis Julián, o.c., p. 266.

[14] , Viaje por el Nuevo Mundo: de Guadalupe a Potosí, 1599-1605. Edición crítica de Blanca López de Mariscal y Abraham Madroñal, Universidad de Navarra. Iberoamericana. Vervuert. 2010, . (155-157

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